Turno de Noche
Estas cosas siempre empiezan en los hospitales.
En el turno de noche.
Un paciente que acude a urgencias con una herida fea en el hombro. “Es que me ha mordido un señor en una pelea”. Claro. Nada, antirrábica, antitetánica, se abre, se limpia, se pone un drenaje y a planta. Cura cada doce horas, suero y betadine por los penrose. Antibióticos, antitérmicos y analgésicos. Brazo en alto. Dieta normal sin sal. Puede levantarse al baño.
A las pocas horas, a media tarde, la infección empieza a bajar por el brazo, que arde y casi explota de la inflamación. Comienza la fiebre, que cada vez es más y más alta y no cede con ninguna medida aplicada.
En el turno de noche, el paciente entra en parada cardiorrespiratoria y muere. Pero no muere, claro. En el ratito que tarda en llegar el médico, el paciente ya no está muerto. Los ojos están en blanco, el brazo rezuma pus y se ha levantado de la cama y se está comiendo literalmente a su esposa.
Solo queda correr. Todo lo rápido que se pueda.
Y rezar para que sólo sea un zombie, y no un infectado…
Tierra.
Era tan hermosa. Tan redonda. Tan azul. Tan brillante.
La Tierra…
La mayor maravilla que un hombre podía experimentar era contemplar la Tierra desde el espacio, flotando dentro de un traje espacial, pendiendo tan sólo del cable de seguridad que lo anclaba a la nave.
Solo que él no tenía ese cable.
La avería les obligaba a regresar rápidamente a tierra si querían salvar la vida. El oxígeno en el espacio es finito. Y él había conseguido tapar el orificio del escape, al menos el tiempo suficiente para que la nave regresase.
La avería también había dañado el cable de seguridad. Había sido una misión suicida. Su vida por la de sus compañeros. Tenían hijos, familia, amigos. Él no tenía a nadie que le fuera a echar de menos allí abajo.
La nave regresó a la Tierra. Esperaba que con todos vivos. Si no, el sacrificio habría sido en vano.
Y allí estaba. Flotando en el espacio. Sobre la Tierra. Contemplando el azul de los azules, el brillo perfecto.
El oxígeno se acabaría pronto. Debía tomar la pastilla, o sería doloroso.
Pendería eternamente sobre la maravilla de las maravillas.
Cerró los ojos. Durmió. Para siempre.
Feliz.
El último hombre, la última máquina.
Ya no quedaba nada. Ni nadie. Sólo ellos dos, y la devastación.
El último hombre. La última máquina.
Él sabía que iba a morir. Ella sabía que iba a matarle. Un sólo hombre jamás había sido capaz de destruir a una máquina.
La miró con sus ojos humanos, mortales, finitos. Ella levantó hacia él su arma.
- Tengo más suerte que tú, máquina. Yo moriré, y olvidaré y seré olvidado. No más guerra, no más muerte, no más violencia ni mas caos. Tú, sin embargo, vivirás para siempre. Ya no hay humanos que puedan destruirte, ni desconectarte. Jamás olvidarás que fuiste la responsable de terminar con la raza humana.
Disparó.
El último hombre cayó muerto.
Sonreía.
La máquina lloró con sus ojos mecánicos. Estaba sola. Para siempre.