Antes de morir, el anciano al que todos creían en coma sintió -escuchó- a su familia alrededor de la cama de hospital en la que se encontraba sedado. Tristes, algunos ya llorando su muerte. Otros decían que en ese estado, era lo mejor que podía pasarle. Que seguro que iría a un lugar mejor.
No era verdad.
Lo cierto era que no era ni mejor ni peor. Ni siquiera era un lugar distinto, sino más bien uno paralelo. No había cielo, ni infierno. El anciano se quedó aquí. Todos lo hacían.
El plano de existencia en el que vivían los difuntos apenas se rozaba con el de los vivos, y cuando lo hacía, en lugares muy concretos, los vivos notaban ese escalofrío tan característico que siempre salía en los cuentos de terror. Y hacía frío. Siempre que los dos planos de existencia se rozaban, hacía frío.
El anciano tardó un tiempo en volver al lugar donde había fallecido. Todos lo hacían, antes o después. La curiosidad les podía, a pesar de estar muertos y no tener ya preocupaciones o anhelos terrenales.
En los hospitales siempre hacía frío.