#11 Frío

Antes de morir, el anciano al que todos creían en coma sintió -escuchó- a su familia alrededor de la cama de hospital en la que se encontraba sedado. Tristes, algunos ya llorando su muerte. Otros decían que en ese estado, era lo mejor que podía pasarle. Que seguro que iría a un lugar mejor.

No era verdad.

Lo cierto era que no era ni mejor ni peor. Ni siquiera era un lugar distinto, sino más bien uno paralelo. No había cielo, ni infierno. El anciano se quedó aquí. Todos lo hacían.

El plano de existencia en el que vivían los difuntos apenas se rozaba con el de los vivos, y cuando lo hacía, en lugares muy concretos, los vivos notaban ese escalofrío tan característico que siempre salía en los cuentos de terror. Y hacía frío. Siempre que los dos planos de existencia se rozaban, hacía frío.

El anciano tardó un tiempo en volver al lugar donde había fallecido. Todos lo hacían, antes o después. La curiosidad les podía, a pesar de estar muertos y no tener ya preocupaciones o anhelos terrenales.

En los hospitales siempre hacía frío.

 

#10 Primavera

La luz de la mañana entró por la ventana, suave, cálida, deliciosa; acariciando y templando su piel a medida que inundaba poco a poco la totalidad de la habitación.

Se estiró, y se desperezó. Tardó a propósito un poco más de la cuenta en levantase porque adoraba disfrutar de la luz primaveral mientras terminaba de despertarse, aún metida en la cama. A su lado, su amor todavía dormía. Sonrió, acarició su cabello con cuidado para no despertarlo, y por fin se levantó.

A través de la ventana podía ver el cielo azul, limpio, inmenso en lo alto; y en tierra los árboles y las flores, la tierra fértil que rebosaba primavera por los cuatro costados. Una tenue brisa mecía todo, como si el conjunto del paisaje bailara una lenta melodía. Abrió la ventana, y una ráfaga de brisa fresca le dio en la cara, con ese aroma a lilas y a rosas y a jazmín.

Cerró un instante los ojos, disfrutando del momento.

Y todo se apagó. Ya no había luz matutina, ni brisa fresca, ni cielo azul, ni aroma a flores. Sólo había una enorme pantalla negra, que parpadeaba brevemente, intentando ponerse de nuevo en marcha sin conseguirlo.

Suspiró, fastidiada. Le diría a su marido, cuando despertase, que habría que llamar otra vez al técnico para reparar la dichosa ventana.

Y mientras se arreglaba, en el cuarto de baño, pensó cómo sería sentir la luz, la brisa y el aroma de las flores de verdad.

Quizás, algún día, si todo iba bien, los humanos podrían volver a la superficie y redescubrir la primavera en todo su espendor.

Quizás…

#8 Hitchcock

(Microrrelato que escribí para presentarlo a un concursito que montaron unos estudiantes de la Universidad de Navarra. ¡Ganó el primer premio! Podéis verlo en http://labuenaprensa.blogspot.com.es/2013/04/hitchcock-y-el-psicoanalisis-del-miedo.html)

Los pájaros enloquecidos golpeaban incesantemente las ventanas del motel. La escayola de su pierna rota no le permitía moverse de la cama, y debía verlo todo a través de unos prismáticos. Un cadáver estrangulado yacía dentro del arcón del salón sobre el que habían dispuesto los candelabros, y sabía que al otro lado de la puerta Norman esperaba las órdenes de su madre muerta para acuchillarla en cuanto tuviera la necesidad de ducharse.
Entonces despertaba, y no había pájaros, ventanas indiscretas, ni cadáveres escondidos, ni madres muertas.
Sólo estaba Norman velando su sueño.

#7 El último beso

Microrrelato que escribí para un ejercicio literario del blog “Cómo escribir un libro (y no morir en el intento)”

- Cariño, ¿no vienes a la cama? – escuchó la voz de su mujer desde la puerta del salón. Él estaba sentado frente al ordenador, mirando la pantalla pero sin ver en realidad, incapaz de quitárselo de la cabeza.
Oyó los pasos descalzos a su espalda, y su aroma le reveló que le había vuelto a robar la chaqueta del pijama. Seguramente sólo llevase eso puesto. Estaba guapísima cuando sólo vestía su chaqueta del pijama y esos calcetines rosas que usaba para dormir.
Le abrazó por la espalda y le besó la cabeza. Debió notar su indiferencia, porque se apartó enseguida. Le giró la cabeza para encarar su mirada y le preguntó.
- ¿Pasa algo?
Él se esforzó por sonreír. Supo que tenía que estar notándose que forzaba la sonrisa, pero no fue capaz de esbozar una sonrisa sincera.
- Nada, tranquila. Vuelve a la cama, anda.
Le miró, seria. ¿Sabría que él lo sabía? Sus ojos estaban tristes. Pero calló, ese silencio terrible que les separaba aún más. Le besó en la frente, dio media vuelta y volvió a la habitación. Preciosa, con el pelo suelto, su chaqueta del pijama y los calcetines rosas.
Y supo que no volvería a la cama nunca más. Y supo que ella lo sabía, y que aquel beso triste en la frente había sido el último.

#6 Mamá

“Los monstruos no existen. No son de verdad.”

Era lo que me decías siempre cuando, de niña, tenía miedo a la oscuridad.

Que los monstruos no existen.

Qué equivocada estabas mamá.

Ojalá estuvieras aquí conmigo… ¿mamá? ¿Mamá, dónde estás?

Está ahí, escondido en la oscuridad. Puedo sentir sus ojillos clavados en mi, su aliento hediondo impregnando la habitación, su presencia gelatinosa aguardando a que me duerma para abalanzarse sobre mi cama.

Mamá, ¿por qué me mentiste?

Sí que hay monstruos.

Llevo tanto tiempo despierta… Son ya días, no soy capaz de recordar cuantos. Pero no puedo dormirme. Si me duermo, vendrá a por mí. Saltará desde lo profundo de la sombra y me llevará con él al fondo del caos.

No quiero caer en el caos, mamá. El caos vuelve loca a la gente y la transforma en monstruos.

Quiero dormir. La cabeza me duele tanto que me arrancaría los ojos para comprobar si el dolor se va enganchado a los nervios oculares. Quizás lo haga.

También le oigo, riéndose de mi pánico mientras me acecha desde la oscuridad. Reptando desde su dimensión antinatural y paradójica. Aguardando.

He descubierto la paciencia que pueden llegar a tener los monstruos, mamá.

Llevo días despierta y sin moverme de la cama. Si intento bajarme, me agarrará desde la sombra que hay bajo la cama. Si me duermo, saltará desde la negrura que hay detrás del armario.

Creo que me estoy volviendo loca, mamá. Y ya no hay vuelta atrás.

Tengo un cuchillo. Una de las navajas de papá. Esa tan grande y tan afilada que siempre tenía escondida en un altillo cuando éramos pequeños.

Voy a hacerlo, mamá. Voy a enfrentarme al monstruo. Me arrancaré los ojos para que el dolor salga por las cuencas vacías y así no poder verle y que me paralice el terror. Voy a hundir la navaja en mis oídos para dejar de oírle y ser capaz de abalanzarme yo sobre él.

Adiós, mamá. Seguramente me arrastre consigo al caos, pero no quiero desaparecer sin haberlo intentado.

Te quiero, mamá.