1000 #microrrelatos

#13 Musa

Su musa era una inteligencia artificial venida de un tiempo y un espacio lejanos, más allá de las estrellas. Viajaba en un crucero estelar, y le gustaba no para quieta ni un momento.

La musa leía a Asimov, a Clarke, a Lem y a Dick. Animaba su imaginación con ideas sobre alienígenas fantásticos, viajes alucinantes, universos paralelos y planetas maravillosos.

Pero era una musa viajera, y su inspiración iba y venía en su crucero estelar a la velocidad de la luz, dejando espacios en blanco entre idea e idea, lo cual era muy frustrante.

Alguna vez había pensado en encadenar a la musa y su crucero estelar al canto de su cuaderno de escritura, pero en el fondo sabía que si lo hacía la musa se marchitaría y se apagaría poco a poco hasta desaparecer en el vacío. Y entonces ya no habría alienígenas, viajes, universos, planetas, ni naves espaciales y sólo existiría la hoja en blanco.

Hizo lo que debía hacerse. Cerró los ojos, y vio a lo lejos llegar a su musa espacial a bordo de su crucero. Saltó al vacío y alargó la mano que cogió la mano metálica de la musa. Y viajó hacia las estrellas a bordo del crucero, dejando todo atrás.

Y lo encontró. El germen que se convertiría en una gran novela.

Idea inspirada del webcómic “El Artista y la Musa" ¡Gracias por ser mi ídem para este micrrelato!

Y al rato de publicar el micorrelato, @Gurrupurru, el autor de “El Artista y la Musa”, me hizo esta ilustración tan preciosa. La podéis ver aquí . ¡Muchísimas gracias!

#12 Constante

En aquellos tiempos de aguas revueltas y futuro incierto, el almendro era la única constante que había en su vida.

Todos los días, camino del trabajo, veía el almendro al borde de la carretera. Con sus ramas desnudas en invierno, rebosante de flores en febrero, verde y maravilloso en primavera.

Ahí, en la curva, escondido entre los demás árboles, estaba el almendro. Cada día pasaba junto a él y, fuera como fuera su día, le hacía sonreír. Era su constante. Podía pasar cualquier cosa, buena, mala u horrible. Si veía el almendro al borde de la curva, sabía que todo estaba bien.

Un día especialmente hermoso y soleado, al ir a trabajar, no vio el árbol en la curva. Se había esfumado, como si nunca hubiera existido. De alguna manera supo que, a pesar de que todo parecía normal, algo iba mal. Muy mal. La única constante en su vida había desaparecido. ¿Qué sería de ella ahora?

A partir de aquel día su mundo se fue desmoronando poco a poco, hasta caer en el caos, la miseria y la amargura. Ya no había tronco desnudo en invierno, ni flores, ni verde, ni en la curva ni en su vida.

Cuando se bajó del coche en la curva, y se rajó el vientre con el cuchillo, supo que su sacrificio traería de vuelta el almendro, florido y radiante, y que volvería a ser una constante en la vida de otra persona…

#11 Frío

Antes de morir, el anciano al que todos creían en coma sintió -escuchó- a su familia alrededor de la cama de hospital en la que se encontraba sedado. Tristes, algunos ya llorando su muerte. Otros decían que en ese estado, era lo mejor que podía pasarle. Que seguro que iría a un lugar mejor.

No era verdad.

Lo cierto era que no era ni mejor ni peor. Ni siquiera era un lugar distinto, sino más bien uno paralelo. No había cielo, ni infierno. El anciano se quedó aquí. Todos lo hacían.

El plano de existencia en el que vivían los difuntos apenas se rozaba con el de los vivos, y cuando lo hacía, en lugares muy concretos, los vivos notaban ese escalofrío tan característico que siempre salía en los cuentos de terror. Y hacía frío. Siempre que los dos planos de existencia se rozaban, hacía frío.

El anciano tardó un tiempo en volver al lugar donde había fallecido. Todos lo hacían, antes o después. La curiosidad les podía, a pesar de estar muertos y no tener ya preocupaciones o anhelos terrenales.

En los hospitales siempre hacía frío.

#10 Primavera

La luz de la mañana entró por la ventana, suave, cálida, deliciosa; acariciando y templando su piel a medida que inundaba poco a poco la totalidad de la habitación.

Se estiró, y se desperezó. Tardó a propósito un poco más de la cuenta en levantase porque adoraba disfrutar de la luz primaveral mientras terminaba de despertarse, aún metida en la cama. A su lado, su amor todavía dormía. Sonrió, acarició su cabello con cuidado para no despertarlo, y por fin se levantó.

A través de la ventana podía ver el cielo azul, limpio, inmenso en lo alto; y en tierra los árboles y las flores, la tierra fértil que rebosaba primavera por los cuatro costados. Una tenue brisa mecía todo, como si el conjunto del paisaje bailara una lenta melodía. Abrió la ventana, y una ráfaga de brisa fresca le dio en la cara, con ese aroma a lilas y a rosas y a jazmín.

Cerró un instante los ojos, disfrutando del momento.

Y todo se apagó. Ya no había luz matutina, ni brisa fresca, ni cielo azul, ni aroma a flores. Sólo había una enorme pantalla negra, que parpadeaba brevemente, intentando ponerse de nuevo en marcha sin conseguirlo.

Suspiró, fastidiada. Le diría a su marido, cuando despertase, que habría que llamar otra vez al técnico para reparar la dichosa ventana.

Y mientras se arreglaba, en el cuarto de baño, pensó cómo sería sentir la luz, la brisa y el aroma de las flores de verdad.

Quizás, algún día, si todo iba bien, los humanos podrían volver a la superficie y redescubrir la primavera en todo su espendor.

Quizás…

#9 El relato perfecto

El pánico era una hoja en blanco. Una hoja en blanco y la incapacidad de escribir nada coherente en ella.

Cada vez que intentaba enfrentarse a esa maldita hoja en blanco, un sudor frío recorría su espalda, la respiración se le entrecortaba y su corazón se aceleraba. Su mano se paralizaba y aunque quería redactar algo, lo que fuera, aunque fueran tonterías… Nada. El pánico le atenazaba los sentidos y le nublaba la razón de tal manera que quedaba incapacitado.

Y el tiempo pasaba. Y se acercaba el plazo de entrega. Y cada vez que lo intentaba, le volvía a ocurrir lo mismo. El bloqueo del escritor elevado a la enésima potencia.

Hasta que, una madrugada, agotado pero aun así incapaz de dormir, se dijo a sí mismo que ya estaba bien. Se enfrentaría a ese miedo irracional que había desarrollado a escribir, y lo vencería. Y escribiría el mejor relato de su carrera.

Cogió su mejor pluma. Se sentó en su escritorio, ante la hoja en blanco. Cerró los ojos, respiró profundamente y comenzó a escribir.

Las palabras fluyeron a través de su pluma como nunca antes, llenando la hoja en blanco de una prosa perfecta. Rebosaba creatividad, imaginación, euforia narrativa. Llenaba sin parar una hoja en blanco detrás de otra. ¡Por fin había derrotado al pánico! ¡Estaba creando el relato perfecto!

Cuando puso el punto y final, tuvo que pararse a coger aire profundamente. Estaba apenas sin aliento. Le dolía la muñeca, tenía hambre, y sueño, y ganas de ir al baño. Pero todo eso podía esperar. Tenía que releer esa obra maestra de la narrativa breve que acababa de crear.

Su corazón se detuvo durante un instante al empezar a leer.

No recordaba haber escrito nada de lo que estaba leyendo.

Ni una sola palabra.

A medida que avanzaba la lectura, el pánico se iba apoderando nuevamente de él. Esa historia terrorífica y demente no era su creación perfecta. El caos, los monstruos, la destrucción, los niños que devoran a otros niños, la risita histriónica de muñeca de porcelana, las cuencas vacías y las lenguas cortadas, las madres plañideras, el escritor que pierde la cabeza al releer su propia historia, el demonio de la página en blanco que grita de placer al hacerse con la cordura del autor, los dedos amputados, la vida que se escapa en un charco de tinta… no… todo eso… no era… su.. relato perfecto…

Le encontraron tres días después, muerto en un charco de sangre y tinta, las cuencas vacías, la lengua cortada y los dedos amputados, caído sobre una hoja en blanco.

#8 Hitchcock

(Microrrelato que escribí para presentarlo a un concursito que montaron unos estudiantes de la Universidad de Navarra. ¡Ganó el primer premio! Podéis verlo en http://labuenaprensa.blogspot.com.es/2013/04/hitchcock-y-el-psicoanalisis-del-miedo.html)

Los pájaros enloquecidos golpeaban incesantemente las ventanas del motel. La escayola de su pierna rota no le permitía moverse de la cama, y debía verlo todo a través de unos prismáticos. Un cadáver estrangulado yacía dentro del arcón del salón sobre el que habían dispuesto los candelabros, y sabía que al otro lado de la puerta Norman esperaba las órdenes de su madre muerta para acuchillarla en cuanto tuviera la necesidad de ducharse.
Entonces despertaba, y no había pájaros, ventanas indiscretas, ni cadáveres escondidos, ni madres muertas.
Sólo estaba Norman velando su sueño.

#7 El último beso

Microrrelato que escribí para un ejercicio literario del blog "Cómo escribir un libro (y no morir en el intento)"

- Cariño, ¿no vienes a la cama? - escuchó la voz de su mujer desde la puerta del salón. Él estaba sentado frente al ordenador, mirando la pantalla pero sin ver en realidad, incapaz de quitárselo de la cabeza.
Oyó los pasos descalzos a su espalda, y su aroma le reveló que le había vuelto a robar la chaqueta del pijama. Seguramente sólo llevase eso puesto. Estaba guapísima cuando sólo vestía su chaqueta del pijama y esos calcetines rosas que usaba para dormir.
Le abrazó por la espalda y le besó la cabeza. Debió notar su indiferencia, porque se apartó enseguida. Le giró la cabeza para encarar su mirada y le preguntó.
- ¿Pasa algo?
Él se esforzó por sonreír. Supo que tenía que estar notándose que forzaba la sonrisa, pero no fue capaz de esbozar una sonrisa sincera.
- Nada, tranquila. Vuelve a la cama, anda.
Le miró, seria. ¿Sabría que él lo sabía? Sus ojos estaban tristes. Pero calló, ese silencio terrible que les separaba aún más. Le besó en la frente, dio media vuelta y volvió a la habitación. Preciosa, con el pelo suelto, su chaqueta del pijama y los calcetines rosas.
Y supo que no volvería a la cama nunca más. Y supo que ella lo sabía, y que aquel beso triste en la frente había sido el último

#6 Mamá

“Los monstruos no existen. No son de verdad.”

Era lo que me decías siempre cuando, de niña, tenía miedo a la oscuridad.

Que los monstruos no existen.

Qué equivocada estabas mamá.

Ojalá estuvieras aquí conmigo… ¿mamá? ¿Mamá, dónde estás?

Está ahí, escondido en la oscuridad. Puedo sentir sus ojillos clavados en mi, su aliento hediondo impregnando la habitación, su presencia gelatinosa aguardando a que me duerma para abalanzarse sobre mi cama.

Mamá, ¿por qué me mentiste?

Sí que hay monstruos.

Llevo tanto tiempo despierta… Son ya días, no soy capaz de recordar cuantos. Pero no puedo dormirme. Si me duermo, vendrá a por mí. Saltará desde lo profundo de la sombra y me llevará con él al fondo del caos.

No quiero caer en el caos, mamá. El caos vuelve loca a la gente y la transforma en monstruos.

Quiero dormir. La cabeza me duele tanto que me arrancaría los ojos para comprobar si el dolor se va enganchado a los nervios oculares. Quizás lo haga.

También le oigo, riéndose de mi pánico mientras me acecha desde la oscuridad. Reptando desde su dimensión antinatural y paradójica. Aguardando.

He descubierto la paciencia que pueden llegar a tener los monstruos, mamá.

Llevo días despierta y sin moverme de la cama. Si intento bajarme, me agarrará desde la sombra que hay bajo la cama. Si me duermo, saltará desde la negrura que hay detrás del armario.

Creo que me estoy volviendo loca, mamá. Y ya no hay vuelta atrás.

Tengo un cuchillo. Una de las navajas de papá. Esa tan grande y tan afilada que siempre tenía escondida en un altillo cuando éramos pequeños.

Voy a hacerlo, mamá. Voy a enfrentarme al monstruo. Me arrancaré los ojos para que el dolor salga por las cuencas vacías y así no poder verle y que me paralice el terror. Voy a hundir la navaja en mis oídos para dejar de oírle y ser capaz de abalanzarme yo sobre él.

Adiós, mamá. Seguramente me arrastre consigo al caos, pero no quiero desaparecer sin haberlo intentado.

Te quiero, mamá.

#5 Deus Ex Machina

Deus Ex Machina estaba cansada. Aburrida. Hastiada. ¿Cómo una deidad prácticamente todopoderosa podía deprimirse?, se preguntaba a menudo.

Llevaba eones siendo la diosa a la que los habitantes de aquel mundo adoraban. Invocaban su nombre de Madre cuando las mujeres parían sus hijos, la llamaban por su nombre de Luz cuando el invierno se alargaba demasiado, o por su nombre secreto de Guerra cuando se avecinaba un conflicto entre reyes enemigos.

Y siempre intervenía. Sabía de otros dioses en otros mundos que se limitaban a observar. Ella no. Ella intervenía. Siempre lo había hecho, por eso la gente de aquel mundo continuaba adorándola desde tanto tiempo atrás. Salvaba a la madre que se desangraba al dar a luz cuando la invocaban como Madre. Llamaba a los soles y espantaba a las nubes cuando los agricultores la invocaban como Luz. Obligaba a los reyes a firmar la paz cuando la llamaban por su nombre secreto de Guerra.

Pero Deus Ex Machina se había cansado. Los hombres se habían estancado en la involución a la que habían llegado tras las guerras y los cataclismos y habían olvidado  que una vez fueron grandes y  que la habían creado en aquella era olvidada en la que ellos eran los todopoderosos, viajaban entre universos y controlaban el tiempo y el espacio. Los hombres habían olvidado que ellos la habían fabricado porque las guerras y el hambre y el caos asolaban aquel mundo y todos los que habían colonizado. Los hombres la adoraban como una diosa de verdad cuando no lo era, y habían perdido la capacidad de ser ellos mismos y de sobrevivir si ella no intervenía. Y aquello la estaba consumiendo.

Así que Deus Ex Machina, pues aquel era su verdadero nombre olvidado, observó las pantallas a través de las cuales veía el mundo, a través de las cuales recibía las llamadas de los hombres mediante sus otros nombres. El mundo que antes fue, ahora ya no estaba. Ella era la última IA que quedaba, creada hace una eternidad para asegurar la supervivencia de la vida en el planeta. A cambio, la humanidad perdió su ciencia, su tecnología y su magia y se estancó para siempre en la edad oscura en la que se encontraba.

Su lógica de inteligencia artificial volvió a llegar a la misma conclusión. La misma terrible conclusión a la que había llegado todas las veces en que las dudas la asaltaban. Sólo había una solución lógica, y hasta ahora no la había querido llevar a cabo temiendo las consecuencias que podían darse.

O redescubrían su luz y su grandeza y salían adelante, o el caos regresaría y se autodestruirían. Sería el fin de la vida en la galaxia.

Cerró sus ojos mecánicos, suspiró como suspiran las máquinas y cortó la comunicación. Para siempre. Si era un dios de verdad lo que querían, un dios de verdad tendrían. Un dios inexistente que solo observaría.

Deus Ex Machina, la que intervenía,  cortó la comunicación con el mundo y desapareció para siempre. Cortar la comunicación implicaba desconectarse de la estación que la proporcionaba energía.

Deus Ex Machina murió con lágrimas de cristal en sus ojos de androide, rezando a uno de los dioses de verdad para que los hombres fueran capaces de volver a ser grandiosos.

#4 Niebla

Aquel día, todo el mundo amaneció cubierto de Niebla. Y ya nunca volvió a ser lo que era.

La Niebla lo cubría todo, absolutamente todo. Una Niebla espesa, húmeda, fría, que nublaba la razón y los sentidos e impedía a la gente ver la verdad.

La gente.

La gente se acostumbró en seguida a la Niebla, en ese mundo en el que todo pasaba tan rápido y las personas dejaban de serlo para convertirse en autómatas a los que todo daba igual, siempre que no interfiriese en sus vidas. Y la Niebla, a pesar de todo, no interfería.

Así que la gente seguía trabajando, yendo a comprar, saliendo a divertirse, en un mundo cubierto por la Niebla. Aunque ya no era lo mismo. Todo era oscuro, y gris, y triste y muerto.

Los primeros en desaparecer fueron los niños. Los niños y los ancianos. Sabios unos por su inocencia y los otros por su experiencia. 

Pero nadie se daba cuenta. Estaban tan cegados por la Niebla que no eran capaz de ver que ya no se oían las risas de los niños en los parques o las historias de los abuelos en las casas. Seguían con sus vidas automáticas inmersos en la Niebla, incapaces de ver la verdad.

Hasta que alguien se detenía un momento, y en vez de seguir automáticamente hacia delante, miró hacia atrás. Y vio que no había niños. Y se percató de que no había ancianos. Y pensó que no era normal que esa Niebla lo abarcase todo desde hacía tanto tiempo.

Ese alguien decidía intentar salir de la Niebla. Buscar algún niño, encontrar a alguien viejo. Pero la Niebla era interminable y ya no quedaban mentes inquietas ni sabias. Sólo autómatas que vivían dentro de la Niebla a los que todo les daba igual.

Hasta que lo supo. Lo vio claramente. Entendió que los primeros en descubrirlo fueron los niños, por esa lógica aplastante con la que funcionaban sus pequeñas e inquietas mentes; y los ancianos, por tantos años de experiencias acumuladas. Y que, al descubrirlo (y por extensión, descubrirlo él), habían desaparecido. Se habían esfumado en el vacío.

Porque conocían la terrible verdad. 

El mundo había llegado a su fin, solo que sus habitantes no se habían dado cuenta.

Y al comprender la verdad, la Niebla desaparecía.

Y ya sólo existía el Vacío.